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¿Cómo te sitúas frente a los demás?

Responder a este test te permitirá evaluar si tu actitud en las relaciones es de inferioridad, de superioridad o si expresa una sana autoestima.

 

Haz una señal junto a la letra que corresponda a tu respuesta. Si la situación te resulta ajena o no te identificas plenamente con ninguna alternativa, señala de todas formas la opción que más se aproxime a la reacción que crees que tendrías.

 

 

1. Tienes prisa y justo cuando vas a salir de casa recibes una llamada telefónica. Alguien te pide que contestes una breve encuesta.

          A.  Le dices que los sientes. No le puedes atender en ese momento.

          B.  Aunque de mala gana, dejas que te haga las preguntas.

          C.  Le cuelgas el teléfono a ese estúpido tras esperarle un rotundo “¡no!”.

2. En un famoso y caro restaurante, te traen un plato claramente mal preparado.

B. Te da vergüenza quejarte y te callas. No es un problema muy importante.

C. Protestas agriamente, ¡Qué vergüenza que pase eso es un sitio tan prestigioso!

D. Cortésmente, le indicas al camarero que el plato está mal cocinado.

 

3. En una importante reunión, la mayoría de las opiniones son distintas a la tuya.

B. Te callas por lo vergonzoso que sería recibir críticas por parte de tantas personas.

C. ¡La llevan clara! Sabes que tienes razón y tus argumentos van a ser demoledores.

A. Dices algo así: “Aunque me parece interesante lo que decís, yo tengo otra opinión”, y

     la expones.

 

4. En tu trabajo no das abasto y tu jefe te encarga más tareas. ¿Cómo reaccionas?

D. Dando argumentos, expresas que no es posible seguir así y que hay que organizar

     las cosas de otra manera.

E. En ese momento no sabes bien qué hacer y dices algo no muy brillante. Luego, a

     toro pasado, se te ocurren cosas, pero ya es tarde. Cargas con el mochuelo.

F. ¡Ya está bien! Muy enfadado, dices que no aguantas más; o esto cambia o tomarás

    serias medidas…

 

5. En tu ocupación habitual:

A. Aunque sabes que tiene su complicación, te gusta trabajar en equipo, colaborar con

     los compañeros.

B. Prefieres hacer las cosas solo. Los otros siempre se aprovechan de ti.

C. Sabes que eres mejor que los demás y por ello te gusta controlar su labor, mandar.

 

6. Hace tiempo, un amigo te decepcionó. Hoy, ¿cómo actúas?

F. Cortas la relación con él, a ti la gente solo te la juega una vez.

D. Mantienes la relación. Todos, a veces, hacemos tonterías. Es cuestión de hablarlo y

    que lo entienda.

E. Intentas esquivar a esa persona porque, de vez en cuando, recuerdas lo que pasó y

     te sientes muy mal.

7.  Un amigo te pide que le hagas un favor que no ves justificado y que no quieres realizar

C. Con enfado le dices “¡No tienes rostro ni nada! Lo va a hacer, Rita la cantaora!.

D. Le expresas lo que piensas; “Lo siento, no lo voy a hacer porque no me apetece y no

     lo veo necesario”.

E. Le pones alguna excusa, pero si insiste acabas por no poder negarte.

 

8. Te dicen que una persona a la que tienes gran estima te ha criticado injustamente.

D. Cuando la ves, le expresas lo mal que te ha sentado su comentario.

E. No le dices nada para evitar una situación desagradable.

C. Muy enfadado, le pides explicaciones por esa estupidez.

9. Entre varias personas compráis un regalo a una amiga. Tú lo eliges y te fue  difícil conseguirlo, pero no lo menciona nadie.

A. Tú tampoco. Lo que de verdad importa es que le haya gustado mucho a ella.

F. No eres tonto. Con orgullo, recalcas varias veces tu papel especial en la compra.

E. Te callas; aunque, en el fondo, te sientes fatal, ninguneado.

 10. En medio de una discusión, tu pareja hace un fuerte comentario que te hiere mucho.

B. Das por finalizada la conversación y te retiras a rumiar tu dolor.

A. Intentas tranquilizarte y le expresas lo mal que te ha sentado, intentando afrontar con

    diálogo lo sucedido.

C. ¡Es la guerra! Le atacas con otro comentario aún más fuerte.

 

11. Pasas una mala racha en el trabajo y tu pareja ha obtenido en el suyo un éxito muy importante. ¿Cómo te sientes?

C. ¿Por qué negarlo? No puedes remediar sentir bastante rabia y envidia.

A. Predomina la alegría, aunque te hubiera gustado que te pasase a ti.

B. Te hundes pensando en lo torpe que eres. Es muy difícil que tú logres algo parecido.

 12. Cuando oyes chistes o comentarios despectivos sobre gente con problemas u opiniones racistas:

D. De una manera u otra, dices que no los compartes o que te desagrada oír cosas así.

C. No crees que eso tenga mayor importancia y, además, ¡qué le vamos a hacer, la

     vida es dura!.

E. Aunque no compartas esos juicios, te callas. No quieres destacarte y quedar mal.

 

13. ¿Tienes la sensación de que te disculpas más de lo necesario?

E. Si, en muchas ocasiones.

A. No. Cómo reconoces y te responsabilizas de tus errores, entiendes que no hace falta

    disculparse tanto.

F. ¡Por favor, más bien muchas personas deberían pedirte perdón a ti. Hay demasiado

    necio suelto!

 

14. En una fiesta, un amigo te dice que te va a presentar a alguien importante y famoso, y vas a poder hablar un rato con él.

B. ¡Qué corte! Preferirías que no pasara. No sabrías que decir.

C. Perfecto. Fardarás de ello con los conocidos y quizá puedas sacar algo de ese

     contacto. ¡No puedes dejar pasar esta oportunidad de conocer a gente de tu nivel!

A. Tiene que ser interesante hablar con alguien así. Quizá pases un buen rato.

15. ¿Te vienen frecuentemente recuerdos de torpezas que cometiste en el pasado o de situaciones que desaprovechaste?

E. Sí, muy a menudo. Y en esas ocasiones siempre te sientes fatal.

A. No es frecuente y, si pasa, te los quitas de la cabeza sin mayor problema.

F. ¡Al contrario! Los pensamientos que te asaltan tienen que ver más con las ocasiones

    en que destacaste sobre los demás o incluso cuando humillaste a un rival.

Rita González

Executive Coach


 

 

¿PIENSAS DEMASIADO? Cuando la mente no te deja vivir en paz

Liberarse del pensamiento excesivo.

 Cuando pensamos demasiado, cualquier pequeña preocupación puede convertirse en un tormento. Le damos vueltas y vueltas a los asuntos y, en vez de solucionarlos, entramos en una espiral negativa que no nos deja actuar ni disfrutar de lo que sí funciona en nuestra vida. Pero se trata sólo de un hábito, y cambiarlo es cuestión de actitud.

 “¿Cómo puede haberme dicho eso?”, “Qué habrá querido decir exactamente?”, “¿Cómo debo reaccionar?”, se pregunta Laura una y otra vez, tras haber tenido una discusión con una de sus mejores amigas.

Se trataba de un conflicto insignificante sobre quién debía hacer qué tramites en la organización de sus próximas vacaciones. La amiga de Laura, fiel a su estilo directo, había perdido la paciencia reprochándole con aspereza su falta de iniciativa. “¡No sé por qué voy contigo de viaje!  Hay que dártelo todo hecho”. Ahí acabó la discusión, aunque para Laura fue el comienzo de una hiperactividad mental típica en ella.

Es normal sentirse mal tras una riña, pero otra cosa es lo que le sucede a nuestra protagonista. Aquel día –y el siguiente- se fue a dormir exhausta por el esfuerzo mental realizado. Dos días completos dándole vueltas al tema, repasando una y otra vez los pensamientos y sentimientos negativos, examinándolos, cuestionándolos, amasándolos como si fuesen una pasta.

Es lo que yo llamo “pensar de más”. Cuando piensas demasiado, un pequeño problema –como un conflicto reciente con una amiga, como en el caso de Laura– se puede convertir en una auténtica espiral obsesiva, un diálogo interno desagradable e improductivo que no puedes detener.

ENREDOS MENTALES

 Al principio es posible que encontremos respuestas rápidas a la situación que nos preocupa como “Estaba de un humor de perros”, “Actúa así con todo el mundo”, “Se va a enterar” o “Le voy a cantar las cuarenta”, pero cuando pensamos de más, estas preguntas no hacen más que llevarnos a otras preguntas “¿Es correcto que me haya enfadado tanto?”, ¿Y si no soy capaz de plantarle cara?”, “¿Qué pensará de mí?”.

Nuestros pensamientos negativos se expanden, crecen y empiezan a ocupar todo el espacio mental circundante.

 Muchas veces, el pensamiento excesivo se centra en un acontecimiento específico de nuestra vida, pero luego se extiende a otras circunstancias o situaciones y a las grandes preguntas que te haces sobre ti mismo. Y con el tiempo se vuelve cada vez más negativo. Laura acabó diciéndose a sí misma: “Si no puedo gestionar conflictos como este, ¿cómo voy a poder ocupar un puesto directivo en la empresa?”, “Siempre dejo que me pasen por encima. Estoy harta, pero no tengo la fuerza necesaria para evitarlo”, “Mis padres nunca me enseñaron a controlar la rabia y es que ellos tampoco la controlaban”.

PREOCUPACIONES POCO REALISTAS

 Pensar de más no es lo mismo que “pensar en profundidad”. Cuando hablo a la gente sobre el concepto de “pensar de más”, a menudo me dicen: “¿No es bueno estar en contacto con tus emociones y encontrar la raíz de los problemas?”, “¿No te parece que los que no dan vueltas a las cosas no se enfrentan a sus problemas?.

Pero lo cierto es que pensar demasiado no supone necesariamente encontrar una vía de solución hacia nuestras preocupaciones más reales y profundas. En realidad, en vez de darnos un punto de mira privilegiado, nos hace usar una lente que muestra una imagen distorsionada y fatalista en nuestro mundo. En vez de ver la pura realidad de nuestro pasado y nuestro presente, sólo vemos lo que nuestro estado de ánimo quiere que veamos: los aspectos negativos de nuestra situación actual y lo que podría ir mal en el futuro.

 UN HÁBITO MUY PERJUDICIAL

 Pensar en exceso no sólo no ayuda, sino que también puede tener consecuencias muy negativas sobre la persona que lo padece. Durante los últimos 20 años he tenido la oportunidad de conocer a cientos de personas con este tipo de actividad mental e invariablemente sus vidas se veían muy perjudicadas por ello.

A nivel personal, la vida les resulta más difícil. Las tensiones les parecen mayores, les es más difícil encontrar buenas soluciones a los problemas y tienen más probabilidades de reaccionar mal ante el estrés.

La obsesividad también afecta a las relaciones. Los allegados pueden sentirse molestos por la constante rumiación e incluso optar por romper el vínculo. A la persona que piensa demasiado le cuesta saber qué hacer para mejorar sus relaciones. Pensar de más puede incluso contribuir a fomentar trastornos mentales, como depresión, síndromes de ansiedad o alcoholismo.

ESPECIALISTAS EN COMPLICARSE

 A través de mis observaciones he conseguido aislar tres formas de pensamiento excesivo. Algunas personas se especializan en un tipo concreto, pero muchos de nosotros experimentamos, de vez en cuando, los tres.

“Al final no me han subido el sueldo. No me lo puedo creer. Llevo cinco años en el mismo puesto, resolviendo todos los temas de la empresa y nadie me valora. Tendría que enviarlos al cuerno. Si les digo que me voy, se van a quedar petrificados. Pero se lo merecen porque son unos desalmados egoístas” Este monólogo interior corresponde a un estilo de pensamiento excesivo que podríamos llamar “de sermón”. Es el más habitual y se suele basar en algo malo que consideramos que nos han hecho. Los sermones suelen adoptar un aire de orgullo herido y tienen como objetivo aplicar un correctivo a aquellos que nos han tratado mal.

Puede que tengamos razón, que las personas que nos han perjudicado estuvieran equivocadas, pero el pensamiento excesivo en forma de sermón tiende a pintar a los demás como tipos desalmados sin considerar la otra versión de la historia. Estas ideas falsean la realidad complicando la solución de cualquier problema que tengamos, lo cual produce a su vez un aumento de la espiral del pensamiento excesivo.

También hay personas que tienden a un pensamiento excesivo que podríamos denominar “generador de realidades”. Se trata de un pensamiento que empieza de forma inocente, al notar que nos sentimos abatidos o al valorar un acontecimiento reciente. Luego empezamos a barajar posibles causas que justifiquen nuestra percepción de esos hechos. La siguiente cadena de pensamiento ilustra este estilo de rumiación: “A lo mejor estoy deprimida porque no tengo amigos. O a lo mejor es porque no he perdido nada de peso este mes. O quizá sea por todas esas catástrofes que me pasaron en el pasado. A lo mejor estoy enfadada porque en el trabajo me siguen pisoteando. O porque mi madre me sigue haciendo observaciones maliciosas. O porque mi vida no sigue la trayectoria que yo querría”. Este estilo de pensamiento provoca que veamos problemas que realmente no existen o que, en cualquier caso, no son tan exagerados como en ese momento creemos.

Otro tipo de pensamiento obsesivo es el “de confusión”, que se produce cuando no trazamos una línea recta de un problema a otro, sino que nos llegan a la mente todo tipo de preocupaciones al mismo tiempo, muchas de ellas no relacionadas con las demás. Una de mis pacientes decía “No soporto la presión del trabajo; me sobrepasa. Estoy trabajando fatal y me merezco el despido. Para empeorar las cosas Miguel tiene que irse de viaje por trabajo otra vez la semana que viene. Cada dos por tres tiene un viaje de trabajo y me deja aquí sola con los niños. Le preocupa más su trabajo que la familia. Pero no se lo puedo decir porque, en realidad, lo que me da miedo es que ya no me quiera. Estoy hecha un lio. Estoy hecha un lio terrible y no sé qué hacer”.

El pensamiento excesivo confuso puede resultar especialmente paralizante porque no podemos identificar claramente qué es lo que sentimos o pensamos: estamos abrumados con sentimientos y pensamientos que nos desorientan y, en muchos casos, nos llevan a rendirnos o huir.

¿CÓMO SE DICE “BASTA”?

Liberarse del hábito de pensar demasiado es absolutamente necesario si queremos evitar que esas reflexiones malsanas nos arrastren al fondo del pantano emocional y acaben por asfixiar nuestro espíritu. El primer paso es darse cuenta de que el pensamiento excesivo no nos ayuda en nada. Cuando estamos inmersos en el pensamiento exagerado, solemos tener la sensación de que hemos dado con algo realmente importante en nuestra vida: “Me he quitado las gafas de cristales de color de rosa” o “Por fin me estoy enfrentando a lo desastrosa que es mi vida en realidad”.

Pero, ¿es cierto que, en esos momentos, poseemos una percepción adecuada? No; al contrario. Pensar demasiado reduce nuestra visión de modo que sólo somos capaces de ver las cosas negativas de nuestra vida. El pensamiento excesivo hace que todo parezca sombrío, gris y abrumador. En esos momentos de obsesividad, creemos que tenemos motivos profundos para estar furiosos y deprimidos, irritados y tristes. Pero es precisamente el pensar de más lo que ha activado esos sentimientos hasta que se convierten en un enorme fuego que escapa completamente a nuestro control.

Por todo ello, es preciso que cuando caigamos en un episodio de obsesividad, intentemos algo tan banal como decirnos a nosotros mismos: “Pensamiento excesivo, me haces daño- ¡Vete!”. Una vez tengamos claro que no debemos dejarnos seducir por este tipo de pensamiento y aprendamos a detener su progreso lo antes posible podremos desterrarlo por completo para solucionar de forma activa los problemas.

VER LA VIDA TAL COMO ES

 El pensamiento excesivo es un hábito que nos hace sentir más ansiedad, perjudica nuestras relaciones y nos incapacita para resolver los problemas. Pero, como todos los hábitos, con un poco de determinación, es posible liberarse de él para pasar a un nivel superior y conseguir la claridad de ideas y la fuerza necesarias para afrontar la vida de una manera realista.

Imagina una vida con más paz, energía y ánimo para hacer cosas. Una vida en la que los obstáculos no son más que interesantes retos a superar. Una vida llena de gratificantes proyectos…Para muchas personas ese tipo de vida es una realidad. Y, libre del lastre del pensamiento excesivo, también puede serlo para ti. Recuerda, es sólo una cuestión de hábitos, de tu decisión de decir “no” a la obsesividad y “si” a la vida.

Rita González

Executive Coach

Juegos de poder en el trabajo

“El acoso en el trabajo es una conducta vejatoria o conducta no deseada, comentarios verbales, acciones o gestos repetidos y hostiles o no deseados que atentan contra la dignidad y la integridad psíquica o física del empleado”.

El conflicto y los roces son una realidad inevitable en las relaciones interpersonales, tanto en los grupos centrados en la persona como en los centrados en el trabajo. Las personas no tienen los mismos intereses, ni las mismas  actitudes, ni los mismos tipos de
personalidad. La labor de socialización de la familia, el entorno y el sistema educativo incluye dotar a los miembros de una sociedad de las habilidades suficientes como para abordar esos conflictos. Sin embargo, no siempre es posible. Y el mundo laboral es una de las mayores muestras. Cuando alguien dice “no aguanto a mi jefe”, nos podemos encontrar ante un superior insoportable o ante un empleado incapaz de asumir cualquier tipo de autoridad.

 

La persona afectada debe trabajar la asertividad, es decir, la capacidad de decir “no”

En primer lugar es importante distinguir entre las tensiones “necesarias” y las que se generan gratuitamente como consecuencia de desajustes personales. Por “tensiones necesarias” entendemos las que se producen inevitablemente como consecuencia de tener que responder a los objetivos de la organización. Cualquier actividad humana necesita una tensión necesaria para poderla desarrollar. Sin esa activación imprescindible las tareas no se realizan de la forma adecuada.

El problema viene cuando las organizaciones endurecen los ritmos productivos, generando presiones en cascada, de manera que cada

jefe las va transfiriendo a los miembros de su equipo. Cuando alguien dice aquello de “no soporto a mi jefe” puede querer decir “no
aguanto esta organización”. La razón: en numerosas ocasiones los jefes que presionan son a su vez víctimas de la presión de sus superiores y se convierten en cooperadores necesarios de la tensión que produce la organización.

 

El “mobbing”

Sin embargo, en otras muchas ocasiones el jefe es algo más que una víctima. Es alguien que se convierte en un agresor gratuito que, por su tipo de personalidad, “disfruta” con el cargo y necesita “chivos expiatorios”. Una vez más a este tipo de situaciones se las ha bautizado con un nombre en inglés: mobbing.

El mobbing, acoso moral u hostigamiento psicológico en el trabajo, identifica una situación en la que una persona o un grupo de personas ejercen una violencia psicológica extrema, de forma sistemática durante un tiempo prolongado, sobre otra persona en el lugar de trabajo. En el caso del mobbing hay que destacar que el agresor se sitúa siempre por encima de la víctima en la escala jerárquica de la empresa.

 

El hostigamiento se puede manifestar de muchas maneras

  • Ningunear al empleado, no encomendándole tareas.
  • Despreciar sistemáticamente las labores realizadas por el empleado o empleada.
  • Aislar a los compañeros de trabajo, impidiéndoles la comunicación entre ellos.
  • Hacer comentarios de menosprecio a la persona por su apariencia, sus convicciones o su raza.
  • Ridiculizar al trabajador ante los demás.
  • Acosar manifiesta o encubiertamente con insinuaciones o provocaciones de carácter sexual.
  • Gritar o insultar a las personas empleadas.
  • Amenazar verbalmente.
  • Extender calumnias sobre las personas empleadas en el trabajo.
  • Poner sistemáticamente en entredicho el trabajo del empleado.

 

Consecuencias del hostigamiento en la persona empleada

Las personas afectadas por jefes patológicos pasan un particular calvario que se manifiesta de múltiples formas, que afectan tanto a su persona como al entorno más próximo.

  • Síntomas psicosomáticos
    • Físicos: Cefaleas tensiónales, insomnio, alteraciones cardiovasculares, trastornos del sueño, trastornos digestivos…
    • Psíquicos: Irritabilidad, ansiedad, crisis de pánico, depresión, dificultades de atención y concentración, alteraciones de la memoria. En algunos casos la persona llega incluso a dudar de sí misma y a sentirse inferior.
  • Se resiente el propio trabajo. Disminuye la cantidad y calidad de trabajo. Dificultades para trabajar en equipo, frecuentes bajas laborales, ganas de cambiar de empresa. La suma de personas insatisfechas genera un clima desagradable en el lugar de trabajo que afecta tanto a las personas como a la propia organización. Aumentan las distracciones y por tanto el riesgo de accidentes por causa de los descuidos y las negligencias.
  • Afecta al ambiente familiar. Las frustraciones se traspasan. Cuando alguien pasa un tercio de su vida o más agobiado por jefes que presionan desmesuradamente, termina desplazando la ansiedad que le produce esa presión a los que menos culpa tienen en todo esto: los seres queridos, el cónyuge o los hijos, que acaban sufriendo también las consecuencias.

El acoso puede ser:

Agresivo: Gritos, amenaza y culpa es fácil de notar.
Pasivo: Sutil, camuflada, difíciles de identificar, de división, lo que socava.

El continúo acoso conductas:

  • Bromas         
  • Burlas
  • El abuso verbal
  • Culpa
  • Humillación
  • Denigración personal y profesional
  • Amenazas abiertas
  • Acoso (por ejemplo, racial, de género, sexual)
  • Discriminación (por ejemplo, edad, género, culturales, religiosos)
  • La manipulación de las especificaciones del trabajo
  • Carga de trabajo realista
  • Micro-gestión
  • El acoso cibernético o notas
  • La exclusión profesional y personal o el aislamiento
  • Sabotaje carrera y la situación financiera
  • Denunciante ataque
  • Chantaje
  • Agresión abierta / violencia

¿Cómo defenderse?

Cada persona afectada, por su salud mental y la de los suyos, debe ir generando sus propias defensas:

  • Reforzando la propia personalidad.
  • Trabajando la asertividad: capacidad para ser firmes y aprender a decir que no.
  • Utilizar técnicas para combatir la ansiedad y el estrés.
  • Desarrollar al máximo los aspectos positivos de la propia persona.
  • Perder el miedo a solicitar la ayuda de un profesional tanto para rebajar los niveles de ansiedad, como para aprender a afrontar todo tipo de situaciones adversas.

Cambios en las estructuras

La situación ideal es que cambien las estructuras y desaparezcan los jefes que hostigan a sus empleados. Las organizaciones deberían disponer de una estructura madura y permanente para la resolución de conflictos que están siempre presentes en las relaciones entre personas. Todo ello por el bien no sólo de estas personas, sino de las propias empresas.

La organización debería desarrollar habilidades para reconocer conflictos y manejarlos adecuadamente, conocer los síntomas del mobbing para detectarlo y abordarlo con rapidez. Para ello, en el propio centro de trabajo debería haber reglas claras sobre resolución de conflictos personales que garanticen el derecho a la queja y al anonimato y que prevean sistemas de mediación interpersonal. El logro de estos objetivos precisa de un entrenamiento de todos los miembros de las plantillas en relaciones interpersonales y resolución de conflictos.

En general, esperar que las organizaciones cambien es poco menos que un milagro. La solución a nivel individual tampoco consiste en aconsejar a la persona que cambie de empresa porque en la nueva puede encontrar más de lo mismo o incluso una situación peor.

 

¿Cómo es la personalidad del jefe patológico?

Hay una serie de rasgos frecuentes en ese tipo de personas:

  • Para compensar sus carencias internas, necesitan mandar, tener a alguien debajo a quien poder presionar y experimentar así la satisfacción del “yo soy más que tú”.
  • No suelen tener aprecio por los valores personales. Están más centrados en las tareas y consideran a las personas como meros instrumentos que terminarán convirtiéndose en residuos humanos.
  • Son personas ególatras  y narcisistas para quienes su “YO” es el centro del universo.
  • Apenas tienen sentido de culpa. No ejercitan la autocrítica ni dudan de sus ideas o actuaciones y, si lo hacen, es sólo bajo la presión de sus superiores o simplemente para agradarles y caerles bien.
  • Suelen ser cobardes cuando se les hace frente.

 Rita González

Executive Coach